Quizá fue la primera mujer que
me tuvo en su cama, casi siempre las
mujeres huyen de mí; la verdad no sé porque, intento ser cortés, amable y
llenarla de cumplidos, muchos, muchos cumplidos... quizá es mi aliento no sé,
no creo, me hecho una menta cada 1 hora, así que no creo. No entiendo porqué
las mujeres huyen de mi, se me escurren entre mis manos. Pero Ximena me besó.
Besó mi cuello y sentía como toda mi piel se despertaba, como un sudor cálido
inundaba mi pecho, mi corazón salía de su centro para tratar de envolverla. Mis
labios recorrieron cada pequeño poro inteligente de ella, cada dedo puntiagudo.
Besé su nariz fría, su pómulo saltón y rosado, el límite de su rostro con su
cuello, su mentón redondo y liso, besé todo el límite de su rostro, su oreja y
el pendiente de perla que traía. Besé su frente sudorosa y sus cabellos. Besé
sus dos ojos terrenales y sus mejillas calurosas. Besé su dulce cuello con ese
perfume que me enloquecía, los huesos saltones de su cuello, su candorosa
respiración, sus estrías rosadas, en medio de sus dos senos perfectos, recorrí
sus pechos con ternura y admiración. Eran cálidos, tiernos, firmes. Besé su
ombligo pequeño y chistoso. Su vientre bendito. Sus glúteos redondos, sus
ingles penetrantes, sus muslos carnosos y aperlados. Las rodillas redondas con
cicatrices, sus raspadas de rastrillo cuando se depilaba. Besé sus pies, cada
dedo perfecto. La besé toda, no dejé ningún hueco sin ser amado, probado,
olfateado: sentido.
Todo eso hacía que cada pierna,
brazo, torso, articulación, se desprendiera de mí. Que no hubiera más hombre y
humano que yo, lo más puro que pude ser fue allí, con Ximena. Cuando pude
entrar en ella, lo más sublime que pude hacer fue besar sus tiernos, rojizos y
delicados labios. Cuando estaba allí, con ella, teniéndola fue como si fuera
otra: delicada, indefensa, sensible, pura, transparente. Cómo si esa Ximena
fuerte, inteligente, atractiva, se desvaneciera en un tornado de sensaciones.
Porque eso es el sexo: sensaciones.
Mi cuerpo ya no era cuerpo, mi
ser ya no era ser, no había señal de mí y mi razón. Ese Virgil que conocían
estaba durmiendo, siendo, quizá, un espectador de cómo este Virgil se
desinhibía, se dejaba llevar por lo que siempre fueron las sensaciones. Ese
siempre fue mi mundo, el mundo de las sensaciones. Un mundo que casi nadie
puede entender. Era Virgil el humano, era Virgil el hombre, era Virgil
sensaciones.
Así fue que un día Ximena se
esfumó como el humo de sus cigarrillos. Un día jamás la volví a ver. Ximena me
enseño el mundo de las sensaciones eróticas, me enseñó a que existe un día
fugaz en donde se puede ser alguien que no imaginabas que era parte de ti.
Nunca más la volví a ver. Sí, como dicen, creo que me deprimí…
Apunté los nombres de las dos
mujeres: Leticia y Ximena. Las dos son bellas y las dos escaparon. No entiendo
porqué. A veces pienso que las mujeres son misterio, unas veces sin querer,
terror. Las mujeres, aunque son bellas, hay que tenerles cuidado, mucho
cuidado. Cuando tienden a enojarse su belleza se transforma, nunca dejan de ser
naturales, pero si bloquean todo conducto de respiración. Yo solía ver a mi
madre cuando se enojaba y me sermoneaba. Sus ojos saltones llenos de ira, las
venas de las sienes a punto de estallar, desparramando saliva por todos lados.
Así mi jefa, ojos saltones, venas a punto de estañar y desparramando saliva.
Pero cada mujer tiene su manera de enojarse, si las generalizamos… bueno quizá
se enojen conmigo. Unas callan, otras golpean; unas lloran, otras golpean; unas
gritan y otras… golpean… bueno no todas golpean físicamente, otras golpean con
sus palabras. Son intrépidas, son inteligentes, nada se les escapa, por eso
saben donde golpear. Eso nunca lo entienden los hombres, por eso dicen que las
mujeres son difíciles; no, simplemente hay que observarlas.
Hoy tomo una taza de café, en
el mismo café donde conocía a “doña Lety”. Desde que tengo memoria me interesan
las mujeres. Me dice mi madre que cuando era un pequeño niño, no más de 3 años,
tomé la cara de una niña de 6 años y me puse cara a cara con ella. No recuerdo
nada de ella. Pero lo que me dice mi madre es que la observaba, le toqué su
nariz, le piqué su oreja, le tomaba los labios rojitos por una paleta y
entonces me separaron de ella. Siempre me separan de las mujeres. No entiendo.
No es que quiera ser mujer, no es que tenga una afición por ser una femenina,
pero… ellas se me hacen un ser muy sublime.
Ya pagué el café. Mis pasos me
guían a mi departamento, me guían a la soledad, a la jaula de la soledad. A
veces me da tristeza recordar todas las veces que me alejaron de las mujeres o
niñas:
1. No Virgil, deja a la niña en paz. No
puedes estar todo el tiempo mirándole la cara…
2. ¡Marcia, a leja tu hijo de mi hija!,
la aturde y le revisa las manos… ¡caray!
3. ¡¡Ay virgil!! No llores, es una niña
nada más, déjala en paz, vámonos ¡¿quieres!?
4. Virgil ya lárgate! Deja de mirarme
¿quieres?
5. ¿Qué rayos me miras?, mira para otra
parte ¿vale?
6. ¡Sí Virgil, soy mujer! Déjame en paz
por favor…
7. ¡¡Virgil es marica!! Ya déjalas en
paz, ellas te detestan…
8. ¡¡¡DÉJAME DE VER!!, ¡¡CARAJO!!
9. Ya Virgil si te gusta violala, si no
LARGATE
10. Adiós…
Y así… día tras día, nadie
entendía mi fascinación por las mujeres, mi madre… solamente, quizá mi amigo
Diego, él siempre me consolaba; jugábamos mucho ajedrez y leíamos. Cuando
leíamos cada quien tomaba un guión o nos turnábamos los párrafos. Cuando
entendió mi fascinación por las mujeres entonces él se volvió pintor. Una vez
me dijo en una de sus cartas que me envió desde Rusia:
“Ahora entiendo porqué tu fascinación por las mujeres. Cada línea que
pinto descubro la belleza y esencia de una mujer. La mujer que sea, encuentro
su belleza e inconfundible aroma…”
Estoy en mi casa, sólo, muy
sólo. Ni un gato ni perro para que mie y me enoje. Tengo trabajo que hacer,
entonces prendo mi computadora de escritorio.
Mañana será lo mismo, café,
escritorio, teclas…
Pero no, hoy no es lo mismo,
hoy vi sobre mi escritorio pasar a una mujer: Mujer de largas piernas (es que
no sé porque siempre se tienen que poner falda y tacones… pueden ser ellas
mismas), de cabello negro no tan largo, muy maltratado, su piel quemada por el
Sol (supongo que era blanca o algo así), sus ojos eran cafés (después supe su
color de ojos), cejas gruesas porque no se las depila. Muy activa y preciosa al
caminar… no sé, ella me conmovió. Con su caminar pésimo en tacones, su
naturalidad para no maquillarse, su pésimo gusto en faldas. Supongo que ella no
viste así, ella es única… es preciosa…
Me da miedo acercarme a ella,
supongo que por su carácter activo. Por eso creo que la acecharé… un poco…
bueno sí mucho…
La espío por el elevador,
cuando sale de su cubículo, en las copias, en el comedor. Cuando va a entregar
los reportes al jefe… es tan preciosa… muy explosiva… no sé… es tan… ¡viene
para acá! ¿¡qué coños hago?!...
-¡Tú! ¿Cómo te llamas?...-
- (¡rayos! Es tan bella cuando
se arruga por el enojo) Virgil… -
-Bueno Virgil, quisieras
responderme, ¿Qué te propones por estarme espiando?, al menos eres decente y no
te metes en el baño…-
-Me gusta ser decente… bueno
yo… lo siento mucho… mmm…-
- Simone..-
-(Simone…¿Simona?... no
importa… es bella) Sí bueno, siento acosarte… es que… no lo entenderías…
porque…-
-Vamos a tomar un café saliendo
de aquí ¿quieres Virgil?-
Pensé que me jugaba una broma,
ella, Simone, después de acosarla me invita un café. Mujeres me invitaban un
café (paradójicamente con mi vida y las mujeres) porque creían que: o era gay,
o las podía entender bien y eso les fascinaba. Sí, Simone me había invitado un
café, con esos ojos marrones que no mienten. Sus ojos eran diferentes… estaba
enamorado de ella. Durante días y semanas me dediqué a saber sus pasiones. A
Simone le disgusta:
El pan frio, el café amargo,
los dulces sin un sabor específico, los vasos derramados, el té frío, los
asientos calientes, los papeles arrugados, las cosas viscosas desconocidas, los
lápices sin punta, los tacones, faldas y el maquillaje.
A Simone le gusta:
El sonido de las teclas de su
computadora, el olor de las mañanas, el sol que pega en la ventana, el sonido
de sus zapatos en la alfombra, su perfume recién roseado, mojar las galletas en
su café, el olor de los libros, recortar fotografías del periódico y quitarse
los tacones cuando trabaja en su escritorio.
Lo sé todo, porque… creo que me
he enamorado de ella.
Cuando llegué al café (el de
toda la vida… mi vida) empecé a explicarle todo. No importó si escapaba o
decía: ¡lárgate enfermo!, porque me enamoré de ella. Le expliqué mi fascinación
con las mujeres y que, a pesar de eso, nunca me quedaba tanto tiempo en ellas,
ni ellas conmigo. Le expliqué mi vida, mis placeres, lo que me disgusta, mi
filosofía. Le expliqué porque la “acosaba”, le dije que cuando la vi caminando
chueca por los tacones me enamoró. Tuve una leve fascinación cuando se calló
porque no se dio cuenta del piso húmedo. Le dije que su perfume fresco me hacía
pensar en cada curva de su persona. Le expliqué que era una mujer enteramente
preciosa y que la acosaba porque no sabía cómo iniciar la plática, ya que era
una mujer rara. Entonces sólo entonces ella me sonrió.
Platicamos mucho tiempo en ese
café Müller. Nos corrieron porque ya tenían que cerrar. Nos sentamos en la cera
de la avenida y seguimos hablando. Con ella todo ese Virgil raro se desvanecía.
Recorrí cada mujer en mi cabeza: Leticia, Ximena, Andrea, Laura, Daniela,
Sofía, María, Aline, Marcela, Ángela, Alondra, Alejandra, Brenda, Susana,
Beatriz, Gina, Samantta, Valeria, Ana, Gabriela, Ingrid, Inés, Denisse, Julia,
Julieta, Karla, Carolina, Paulina, Yunuen, Estella, Carmen, Fernanda, Martha,
Teresa, Stefany, Astrid, Diana, Karen, Isabel, Adriana, Paola, Esperanza,
Monserrat, Indira, Erendira, Liliana, Mercedes, Lulú, Antonia, Mariana,
Natalia, Fabiola, Magda, Magdalena, Sandra, Miriam… en fin… muchas más… no se
comparaban con Simone, cada cara y gesto de ellas no se comparan. Son todas
mujeres, todas esencia, todas naturaleza, cada una con su modo de vida y son
fascinantes, pero Simone…
Al siguiente día, el domingo 24
de marzo, Simone estaba inmiscuida entre todo mi corazón, ojos, alma y sábanas
blancas.
Todas me enseñaron lo que es
ser mujer, cómo ser mujer y su esencia. Me enseñaron la belleza, pureza,
sensualidad. Vi muchas sonrisas, lágrimas y sonidos de voz. Me enseñaron las
mañas de las mujeres y sus más tristes traiciones. Me enseñaron el arte del
sexo y de la banalidad. Me mostraron el camino fácil de amor y la sensibilidad
que cada una necesita. Me mostraron sus perfumes y lencerías preferidas. Me
hicieron sentir aún más atraído por cada gesto y gusto de ellas. Confirmaba la
naturalidad de ellas: su cabello al viento, su sonrisa abundante, su piel
pecosa o pigmentada. Sí, todas ellas se robaron mis suspiros e ilusiones (no me
quejo…) y Simone… Simone se llevó todo mi cuerpo y mi poca realidad, se llevó
mi razón y mis tristezas, me entrelacé totalmente con cada poro de su tierna
piel tibia. Me dejé llevar por entre sus palabras y suspiros. Atesoré, desde el
momento que la conocí, cada manía suya. Como atesoré cada nombre y esencia de
cada mujer. Me enseñó una belleza totalmente diferente y una intimidad que lo
sublime no puede expresar.
Estaba enamorado de ella.
C.V.