miércoles, 25 de julio de 2012

Virgil (parte 2 y última)


Quizá fue la primera mujer que me tuvo en su cama,  casi siempre las mujeres huyen de mí; la verdad no sé porque, intento ser cortés, amable y llenarla de cumplidos, muchos, muchos cumplidos... quizá es mi aliento no sé, no creo, me hecho una menta cada 1 hora, así que no creo. No entiendo porqué las mujeres huyen de mi, se me escurren entre mis manos. Pero Ximena me besó. Besó mi cuello y sentía como toda mi piel se despertaba, como un sudor cálido inundaba mi pecho, mi corazón salía de su centro para tratar de envolverla. Mis labios recorrieron cada pequeño poro inteligente de ella, cada dedo puntiagudo. Besé su nariz fría, su pómulo saltón y rosado, el límite de su rostro con su cuello, su mentón redondo y liso, besé todo el límite de su rostro, su oreja y el pendiente de perla que traía. Besé su frente sudorosa y sus cabellos. Besé sus dos ojos terrenales y sus mejillas calurosas. Besé su dulce cuello con ese perfume que me enloquecía, los huesos saltones de su cuello, su candorosa respiración, sus estrías rosadas, en medio de sus dos senos perfectos, recorrí sus pechos con ternura y admiración. Eran cálidos, tiernos, firmes. Besé su ombligo pequeño y chistoso. Su vientre bendito. Sus glúteos redondos, sus ingles penetrantes, sus muslos carnosos y aperlados. Las rodillas redondas con cicatrices, sus raspadas de rastrillo cuando se depilaba. Besé sus pies, cada dedo perfecto. La besé toda, no dejé ningún hueco sin ser amado, probado, olfateado: sentido.
Todo eso hacía que cada pierna, brazo, torso, articulación, se desprendiera de mí. Que no hubiera más hombre y humano que yo, lo más puro que pude ser fue allí, con Ximena. Cuando pude entrar en ella, lo más sublime que pude hacer fue besar sus tiernos, rojizos y delicados labios. Cuando estaba allí, con ella, teniéndola fue como si fuera otra: delicada, indefensa, sensible, pura, transparente. Cómo si esa Ximena fuerte, inteligente, atractiva, se desvaneciera en un tornado de sensaciones. Porque eso es el sexo: sensaciones.
Mi cuerpo ya no era cuerpo, mi ser ya no era ser, no había señal de mí y mi razón. Ese Virgil que conocían estaba durmiendo, siendo, quizá, un espectador de cómo este Virgil se desinhibía, se dejaba llevar por lo que siempre fueron las sensaciones. Ese siempre fue mi mundo, el mundo de las sensaciones. Un mundo que casi nadie puede entender. Era Virgil el humano, era Virgil el hombre, era Virgil sensaciones.
Así fue que un día Ximena se esfumó como el humo de sus cigarrillos. Un día jamás la volví a ver. Ximena me enseño el mundo de las sensaciones eróticas, me enseñó a que existe un día fugaz en donde se puede ser alguien que no imaginabas que era parte de ti. Nunca más la volví a ver. Sí, como dicen, creo que me deprimí…
Apunté los nombres de las dos mujeres: Leticia y Ximena. Las dos son bellas y las dos escaparon. No entiendo porqué. A veces pienso que las mujeres son misterio, unas veces sin querer, terror. Las mujeres, aunque son bellas, hay que tenerles cuidado, mucho cuidado. Cuando tienden a enojarse su belleza se transforma, nunca dejan de ser naturales, pero si bloquean todo conducto de respiración. Yo solía ver a mi madre cuando se enojaba y me sermoneaba. Sus ojos saltones llenos de ira, las venas de las sienes a punto de estallar, desparramando saliva por todos lados. Así mi jefa, ojos saltones, venas a punto de estañar y desparramando saliva. Pero cada mujer tiene su manera de enojarse, si las generalizamos… bueno quizá se enojen conmigo. Unas callan, otras golpean; unas lloran, otras golpean; unas gritan y otras… golpean… bueno no todas golpean físicamente, otras golpean con sus palabras. Son intrépidas, son inteligentes, nada se les escapa, por eso saben donde golpear. Eso nunca lo entienden los hombres, por eso dicen que las mujeres son difíciles; no, simplemente hay que observarlas.
Hoy tomo una taza de café, en el mismo café donde conocía a “doña Lety”. Desde que tengo memoria me interesan las mujeres. Me dice mi madre que cuando era un pequeño niño, no más de 3 años, tomé la cara de una niña de 6 años y me puse cara a cara con ella. No recuerdo nada de ella. Pero lo que me dice mi madre es que la observaba, le toqué su nariz, le piqué su oreja, le tomaba los labios rojitos por una paleta y entonces me separaron de ella. Siempre me separan de las mujeres. No entiendo. No es que quiera ser mujer, no es que tenga una afición por ser una femenina, pero… ellas se me hacen un ser muy sublime.
Ya pagué el café. Mis pasos me guían a mi departamento, me guían a la soledad, a la jaula de la soledad. A veces me da tristeza recordar todas las veces que me alejaron de las mujeres o niñas:
1.    No Virgil, deja a la niña en paz. No puedes estar todo el tiempo mirándole la cara…
2.    ¡Marcia, a leja tu hijo de mi hija!, la aturde y le revisa las manos… ¡caray!
3.    ¡¡Ay virgil!! No llores, es una niña nada más, déjala en paz, vámonos ¡¿quieres!?
4.    Virgil ya lárgate! Deja de mirarme ¿quieres?
5.    ¿Qué rayos me miras?, mira para otra parte ¿vale?
6.    ¡Sí Virgil, soy mujer! Déjame en paz por favor…
7.    ¡¡Virgil es marica!! Ya déjalas en paz, ellas te detestan…
8.    ¡¡¡DÉJAME DE VER!!, ¡¡CARAJO!!
9.    Ya Virgil si te gusta violala, si no LARGATE
10.  Adiós…
Y así… día tras día, nadie entendía mi fascinación por las mujeres, mi madre… solamente, quizá mi amigo Diego, él siempre me consolaba; jugábamos mucho ajedrez y leíamos. Cuando leíamos cada quien tomaba un guión o nos turnábamos los párrafos. Cuando entendió mi fascinación por las mujeres entonces él se volvió pintor. Una vez me dijo en una de sus cartas que me envió desde Rusia:
Ahora entiendo porqué tu fascinación por las mujeres. Cada línea que pinto descubro la belleza y esencia de una mujer. La mujer que sea, encuentro su belleza e inconfundible aroma…”
Estoy en mi casa, sólo, muy sólo. Ni un gato ni perro para que mie y me enoje. Tengo trabajo que hacer, entonces prendo mi computadora de escritorio.
Mañana será lo mismo, café, escritorio, teclas…
Pero no, hoy no es lo mismo, hoy vi sobre mi escritorio pasar a una mujer: Mujer de largas piernas (es que no sé porque siempre se tienen que poner falda y tacones… pueden ser ellas mismas), de cabello negro no tan largo, muy maltratado, su piel quemada por el Sol (supongo que era blanca o algo así), sus ojos eran cafés (después supe su color de ojos), cejas gruesas porque no se las depila. Muy activa y preciosa al caminar… no sé, ella me conmovió. Con su caminar pésimo en tacones, su naturalidad para no maquillarse, su pésimo gusto en faldas. Supongo que ella no viste así, ella es única… es preciosa…
Me da miedo acercarme a ella, supongo que por su carácter activo. Por eso creo que la acecharé… un poco… bueno sí mucho…
La espío por el elevador, cuando sale de su cubículo, en las copias, en el comedor. Cuando va a entregar los reportes al jefe… es tan preciosa… muy explosiva… no sé… es tan… ¡viene para acá! ¿¡qué coños hago?!...
-¡Tú! ¿Cómo te llamas?...-
- (¡rayos! Es tan bella cuando se arruga por el enojo) Virgil… -
-Bueno Virgil, quisieras responderme, ¿Qué te propones por estarme espiando?, al menos eres decente y no te metes en el baño…-
-Me gusta ser decente… bueno yo… lo siento mucho… mmm…-
- Simone..-
-(Simone…¿Simona?... no importa… es bella) Sí bueno, siento acosarte… es que… no lo entenderías… porque…-
-Vamos a tomar un café saliendo de aquí ¿quieres Virgil?-
Pensé que me jugaba una broma, ella, Simone, después de acosarla me invita un café. Mujeres me invitaban un café (paradójicamente con mi vida y las mujeres) porque creían que: o era gay, o las podía entender bien y eso les fascinaba. Sí, Simone me había invitado un café, con esos ojos marrones que no mienten. Sus ojos eran diferentes… estaba enamorado de ella. Durante días y semanas me dediqué a saber sus pasiones. A Simone le disgusta:
El pan frio, el café amargo, los dulces sin un sabor específico, los vasos derramados, el té frío, los asientos calientes, los papeles arrugados, las cosas viscosas desconocidas, los lápices sin punta, los tacones, faldas y el maquillaje.
A Simone le gusta:
El sonido de las teclas de su computadora, el olor de las mañanas, el sol que pega en la ventana, el sonido de sus zapatos en la alfombra, su perfume recién roseado, mojar las galletas en su café, el olor de los libros, recortar fotografías del periódico y quitarse los tacones cuando trabaja en su escritorio.
Lo sé todo, porque… creo que me he enamorado de ella.
Cuando llegué al café (el de toda la vida… mi vida) empecé a explicarle todo. No importó si escapaba o decía: ¡lárgate enfermo!, porque me enamoré de ella. Le expliqué mi fascinación con las mujeres y que, a pesar de eso, nunca me quedaba tanto tiempo en ellas, ni ellas conmigo. Le expliqué mi vida, mis placeres, lo que me disgusta, mi filosofía. Le expliqué porque la “acosaba”, le dije que cuando la vi caminando chueca por los tacones me enamoró. Tuve una leve fascinación cuando se calló porque no se dio cuenta del piso húmedo. Le dije que su perfume fresco me hacía pensar en cada curva de su persona. Le expliqué que era una mujer enteramente preciosa y que la acosaba porque no sabía cómo iniciar la plática, ya que era una mujer rara. Entonces sólo entonces ella me sonrió.
Platicamos mucho tiempo en ese café Müller. Nos corrieron porque ya tenían que cerrar. Nos sentamos en la cera de la avenida y seguimos hablando. Con ella todo ese Virgil raro se desvanecía. Recorrí cada mujer en mi cabeza: Leticia, Ximena, Andrea, Laura, Daniela, Sofía, María, Aline, Marcela, Ángela, Alondra, Alejandra, Brenda, Susana, Beatriz, Gina, Samantta, Valeria, Ana, Gabriela, Ingrid, Inés, Denisse, Julia, Julieta, Karla, Carolina, Paulina, Yunuen, Estella, Carmen, Fernanda, Martha, Teresa, Stefany, Astrid, Diana, Karen, Isabel, Adriana, Paola, Esperanza, Monserrat, Indira, Erendira, Liliana, Mercedes, Lulú, Antonia, Mariana, Natalia, Fabiola, Magda, Magdalena, Sandra, Miriam… en fin… muchas más… no se comparaban con Simone, cada cara y gesto de ellas no se comparan. Son todas mujeres, todas esencia, todas naturaleza, cada una con su modo de vida y son fascinantes, pero Simone…
Al siguiente día, el domingo 24 de marzo, Simone estaba inmiscuida entre todo mi corazón, ojos, alma y sábanas blancas.
Todas me enseñaron lo que es ser mujer, cómo ser mujer y su esencia. Me enseñaron la belleza, pureza, sensualidad. Vi muchas sonrisas, lágrimas y sonidos de voz. Me enseñaron las mañas de las mujeres y sus más tristes traiciones. Me enseñaron el arte del sexo y de la banalidad. Me mostraron el camino fácil de amor y la sensibilidad que cada una necesita. Me mostraron sus perfumes y lencerías preferidas. Me hicieron sentir aún más atraído por cada gesto y gusto de ellas. Confirmaba la naturalidad de ellas: su cabello al viento, su sonrisa abundante, su piel pecosa o pigmentada. Sí, todas ellas se robaron mis suspiros e ilusiones (no me quejo…) y Simone… Simone se llevó todo mi cuerpo y mi poca realidad, se llevó mi razón y mis tristezas, me entrelacé totalmente con cada poro de su tierna piel tibia. Me dejé llevar por entre sus palabras y suspiros. Atesoré, desde el momento que la conocí, cada manía suya. Como atesoré cada nombre y esencia de cada mujer. Me enseñó una belleza totalmente diferente y una intimidad que lo sublime no puede expresar.
Estaba enamorado de ella.


C.V.

martes, 17 de julio de 2012

Virgil (parte 1)


No puedo estar cerca de una mujer. Físicamente, no puedo. Lo más cerca que he estado de una mujer es en el camión… sentados. No sé por qué me pasa. Es algo que no puedo comprender, que mi corazón, mis manos, mi sexo, mis ojos y todo mi cuerpo, no puede comprender por qué no puedo estar cerca de una mujer.  No, no las repudio, ¡al contrario! Las deseo. Ese deseo que nadie entiende. Nadie.
Todos somos animales antes de ser hombres, pero temo que la sociedad donde vivo se ha quedado en el limbo: entre ser animal y humano racional. No puedo ser humano porque no logran comprender ese significado tan puro para mí. Con eso quiero explicar lo siguiente:
-Deseo a todas las mujeres, cada una de ellas, saber de ellas…-
-¿Cómo, coger con todas? Estás enfermo amigo.-
No, no quiero coger con todas, me ofende. Odio que piensen que el sexo es como respirar. Yo admiro y deseo a una mujer por el simple hecho de la vida: esencia. La mujer es esencia natural, no importa como sea, no importa donde viva o donde se desarrolle, la mujer es naturaleza.
Cada centímetro de piel, cada luz en su mirada, cada seno curveado y esponjoso, es lo más sublime que haya visto y sentido. Cada línea delgada que hace de ella una sonrisa, cada arruga pequeña marcada en sus ojos, cada uno de sus dientes, la curvatura de sus dedos, sus uñas mal pintadas, sus caderas anchas y sus glúteos redondos, algunos caídos, no importa son esencia. Cada hebra que compone su cabello, las imperfecciones de su piel, la gordura de algunas mujeres, los muslos tibios, su sexo fuerte y sensual, todo de ellas es perfecto. Es como si el universo creara a una semi diosa, capaz de tener los pies en la tierra y de dar vida y luz a un ser humano. Es una semi diosa. No importa cómo sea ella, es mujer, es esencia.
Una vez conocí a una mujer en un café. Delgadilla de ojos cafés, cabello alborotado, huesuda. Su falda azul obscuro al ras de la rodilla, su suéter de rombos rojos y el fondo azul marino, su mal peinado, esponjado por el viento y humedad y sus zapatos bajos con algo de lodo o porquería callejera, con una gran mochila verde militar, pesada. Tenía como 24 años, pasaba a tomar un café mientras terminaba de llover. Leía algo de matemáticas: El universo matemático, algo así. La miré, le hable. Era una mujer tímida, sus ojos tan pueriles me inspiraron ternura, una ternura inmensa y pura. Sus manos trémulas y huesudas, su dientes castañeantes. Me habló sobre su vida en la Universidad, sus investigaciones, su vida en general. No era una mujer de mundo porque el mundo era cruel con ella. Sus libros, su ciencia y ella, nada más.
No sé si me enamoré, pero su piel medio blanquecina y pigmentada por el sol me atrapó, me enloqueció, no había piel más bella que la de ella. Esas pecas alrededor de su nariz hacia que su mirada fuera más pequeña y pueril, sus ojeras moradas le daban personalidad, su piel pigmentada le daba color. Se lo dije. Se asustó.  Se fue.
No recuerdo su nombre. Laura, Lorena, Luisa… no sé… ¡Leticia! Era Leticia. ¡Ay! Esa doña Lety…
Conocí a otra mujer. De esa sí recuerdo su nombre: Ximena. La conocí en el cine, en el ciclo francés de cine (el ciclo francés de cine es mi temporada preferida del cine. Mi película preferida es Ocho y medio con Federico Fellini). Bueno, salimos de ver precisamente esa película que luego se hizo mi preferida. En el cine ella se sentó, por azar del destino, a lado de mí. ¡Qué aroma! Lo más exquisito que he olido. Fue en esa ocasión mi primer ataque. La necesidad de conocerla, me llevó a la necesidad de hablarle (es por esa razón que puedo hablarle a cualquier mujer, he aprendido a abordar la conversación con una mujer, cualquier tipo). Empecé con cosas sencillas: ¿Le molesta si bajo el brazo de mi asiento?. Después con cosas medias como: Me gustan las películas francesas. Como fue mi segunda mujer desconocida era complicado hablarle. Se soltó la conversación por una simple e insignificante cosa: resbalé como un cerdo cuando salía del cine. No he entendido porqué a las mujeres las cosas más insignificantes son las más magníficas para ellas. Pero el resto de la película, fue estresante: el olor, su cuello, su cabello, su saco rosando mi mano. Era un delirio.
Cuando caí como cerdo, ella me invitó un café. Pedimos café negro, hablamos de la película, la trama, la filosofía de la película… me dijo que era columnista en el periódico semanal más famoso: Decisiones. Era inteligente, crítica, con valor moral. Ilustrísima. Tenía la cabellera abundante y castaña, unos ojos cafés preciosos y penetrantes, una piel morena aperlada, ancha de caderas, con unos glúteos redondos, perfecta. Me enamoré de ella, de ella si me enamoré y creo que mi sexo también se enamoró de ella. Me parece que ella de mí también porque me llevó a su casa, no sé… creo que no, porque ya no me ha llamado, pero yo de ella me enamoré, de eso estoy seguro… o eso me dijeron porque… bueno, no salí de casa cuando no me hablo.
El punto es que… me llevó a su casa; si de por sí yo enloquezco con una mujer, tener sexo con una mujer es como… como si mis manos, mis piernas, mi torso… todo, se fuera a destruir por tan sublime momento. Ella fue una de la mujeres que me enseñaron la sensualidad femenina, la real sensualidad femenina. El describir el momento con palabras me cuesta, lo meditaré por unos instantes.

C.V. 

sábado, 14 de julio de 2012


Save pretty mama

Uno de mis poemas favoritos de Julio Cortazar.




Sálvalo, mamita,
sálvame tantas noches de naufragio,
salva tu blusa azul (era en enero, en Roma)
sálvalo todo, o salva lo que puedas.
Esto se viene abajo, pretty mama,
sálvalo del olvido, no permitas
que se llueva la casa, que se borre
la trattoria de Giovanni,
corre por mí por ti, sálvalo ahora,
te estás yendo y los pájaros se mueren,
me voy de ti te vas de mí, no hay tiempo,
sálvalo pretty mama,
la voz de Satchmo y ese grito
que te sumía en lo más hondo del amor,
save it all for me,
save it all for you,
save it all for us.
Aunque no salves nada, sálvalo mamita.


miércoles, 11 de julio de 2012

anhelos


La lluvia. De pronto pensé que del suelo llovía. Todo al revés: el cielo daba árboles y la tierra agua. Del cielo caían manzanas y peras, de la tierra emergía agua, volaban los pájaros, es más todo el smog estaba entre nuestras piernas.
Todo se tornó diferente. ¿Por qué, entonces, no cubría mis pies de la lluvia?. Pero ya no hubo necesidad, el suelo brilló y los pájaros cantaban debajo de mis plantas de mis pies; de los pies de todos. Podías ver las raíces de los árboles y ver las flores desde otra perspectiva. Lo malo es que te tenías que cubrir, no con una sombrilla, si no con algo más duro, porque caían las manzanas o peras y solían darte en la cabeza o cualquier parte del cuerpo, cuando estaban maduras.
Tú no estás de cabeza, sólo el planeta. Todo lo que conocías como real o coherente se ha coartado en lo que parece un sueño. Lo único que te calma, quizá, son tus padres que actúan como si nada, sólo te preguntan lo mismo: ¿cómo te fue en la escuela?.  Y así, llegas a tu casa, y te preguntan eso. ¿Qué no se dan cuenta de que llueve por el suelo?. Mi madre, que es tan estricta en el orden, no me dijo nada sobre las manzanas que caían del cielo y se suspendían, no caían en lo que para mí era el suelo. Raro. Un olor a incienso inundó mi cerebro.
Siempre esperaba que los días fueran diferentes, pero no tanto como estos: todo está al revés. Incluso pasando por mi calle vi a un hombre rudo alimentando palomas y aun hippie vendiendo marihuana a viejas personas. Me enteré de que mi hermano se enfermó de osteoporosis y de que mi abuelo tendrá un hijo. Me enteré que la persona menos formal quiere que su novia se case con él y de que el chico que, se supone ama a su mujer, quiere las cosas tan lentas que ella se está desesperando. No sé porque mis padres no se preocupan o mis amigos. Los veo tan pacíficos.
Salí hacia la calle o… cielo, en busca de ver algo cuerdo, normal y ético. Pero en vez de eso vi todo tipo de cosas. Las prostitutas de calzada de Tlalpan daban terapia amorosa a los hombres divorciados. Las monjas y curas tenían sexo en frente de todas las personas y nadie lo veía anormal. Los camioneros eran amables. La Universidad estaba repleta de indigentes leyendo poesía o cultivando a los alumnos y (antes, o en una vida real) maestros.  El presidente regalaba su salario y los ciudadanos decidían todo lo que se debería hacer. Los niños trabajaban y pagaban sus necesidades. Los adultos jugaban en los parques y trabajaban para los niños.
Todo era al revés, no sólo el cielo, si no la sociedad. Pensé que el mundo era el que estaba chueco y que los humanos eran iguales, pero me equivoqué, todo está de cabeza. Los leones se aparean con las ovejas, las vacas con los hipopótamos, los delfines con los tiburones y todos eran iguales.
Había sexo en todas partes, no se controlaba el instinto. Había encerrados en todas partes, los nudistas se negaron a ver atrocidades sexuales.
Entonces, durante un montón de escenas: caritativas, sensuales, hermosas, sublimes, pornográficas, empecé a cantar. Viendo las nubes pasar entre mis pies, pensando que iba a pisar la noche. Pude comprender que sólo tenía que dejarme fluir por esta sensación tan extraña de inversión.
Comencé a correr por entre el cielo, viendo las peras suspendidas. Vi y escuché los pájaros cantar rock y los gatos maullar Mozart. Los perros entraban a los baños públicos para hacer sus necesidades. Seguí corriendo, corriendo y cantando. El ambiente se llenó de aromas frescos, de aromas “vientescas”. Pisé excremento de pájaro.
Muchas cosas que para mí eran anormales en algo “real” eran posibles. Muchas personas que conocía se volvieron sus contrarios. Pero, ¿por qué yo no me convertía en contrario?. No tengo la menor idea, pero me sentía bien porque podía disfrutar todo lo que yo veía y escuchaba. Entonces tengo muchas cosas que aprender ahora que la realidad es otra.
Después de largas horas de poder cantar con unos amigos que conocí en esta nueva vida (que me hace tan feliz) pude dormir como nunca, sabiendo que mañana las clases no iba a ser clases. Sólo que los gritos de la vecina no me dejaban dormir. Entonces opté por escuchar una canción. Me puse a ver las estreñas que tan cerca las tenía, pude undir mi rostro en la luna y saber que era más comoda que una almohada, no era sólida ni liquida, era una sensación extraña. Me regaló su brillo plateado y me dijo: Eres sólo un pasajero. Cantaba mientras escuchaba una canción:
am the passenger
And I ride and I ride
I ride through the city’s backsides
I see the stars come
Out of the sky
Yeah the bright and hollow sky
You know it looks
So good tonight
(Iggy pop)
Dormí entonces, bajo el encanto de la luna y del sueño… y de los gritos de la vecina.
Desperté y la luz del Sol terrestre, me sorprendió, porque iluminó todo. Entonces salí corriendo a respirar aire verde. Todas las hojas estaban regadas en el suelo, la luz provenía del cielo y toda mi ilusión de poder disfrutar una nueva “realidad” se esfumó. Destino sólo se fumó un cigarrillo de mi vida.
Vi a un pajarillo nacer de su cascarón, era hermoso, de plumas castañas, de ojos bellos, de un lunar negro y voló hacia el Sol.

C.V.