viernes, 20 de junio de 2014

Soliloquio


Yo por mi experiencia en sus labios, puedo decir lo siguiente:

Cuando fuego yo, tocó mi rostro con dulzura carnal diciendo a mi oído: No hay puerta que se abra ahora; ni quimera que te hiele. En tu voz me crezco, en tu cuerpo me poso.
¡Oh dulces candelas!. Vibra el fuego en mi plena voz.
No hay piernas, brazos o cabellos. No hay dedos, ojos, boca. No hay nada, excepto el fuego.
He perdido todo lo humano; me he quedado con esencia de su más profunda sed. Gota a gota perdiendo el alma en su cobijo, derramando deseos de agua.
Dando gritos, no sólo de sed, sino de tierra y fresco. De tacto y, al mismo tiempo, de razón. Del sueño más profundo. De la boca sincera. Pueril mirada y además unas tremebundas ganas de exhalación.
¡Mitos crees que te han leído sus siniestros labios!, que te ha ultrajado la carne hasta lo blanco.
Decidiste caminar sobre las piedras rojas, decidiste cantar hacia el vacío, admirando tu reflejo y así, así te ahogaste, Narciso.


Yo del tumultuoso delirio he navegado hacia vosotros, para deciros, no que escapen, si no que acepten que, por más dioses que nos creamos, sucumbimos a las perlas y el oro.
Aceptemos que las perlas y el oro son necesarias, porque sin ello, no sabríamos la total corporalidad, espíritu y aroma que cada uno de nosotros poseemos.
Agradeceros la dualidad, porque no todos podemos ser sol y luna. Agradecer lo humano que somos. Nosotros somos paz y guerra y el andar de la locura.