Yo
por mi experiencia en sus labios, puedo decir lo siguiente:
Cuando
fuego yo, tocó mi rostro con dulzura carnal diciendo a mi oído: No hay puerta
que se abra ahora; ni quimera que te hiele. En tu voz me crezco, en tu cuerpo
me poso.
¡Oh
dulces candelas!. Vibra el fuego en mi plena voz.
No
hay piernas, brazos o cabellos. No hay dedos, ojos, boca. No hay nada, excepto
el fuego.
He
perdido todo lo humano; me he quedado con esencia de su más profunda sed. Gota
a gota perdiendo el alma en su cobijo, derramando deseos de agua.
Dando
gritos, no sólo de sed, sino de tierra y fresco. De tacto y, al mismo tiempo,
de razón. Del sueño más profundo. De la boca sincera. Pueril mirada y además
unas tremebundas ganas de exhalación.
¡Mitos
crees que te han leído sus siniestros labios!, que te ha ultrajado la carne
hasta lo blanco.
Decidiste
caminar sobre las piedras rojas, decidiste cantar hacia el vacío, admirando tu
reflejo y así, así te ahogaste, Narciso.
Yo
del tumultuoso delirio he navegado hacia vosotros, para deciros, no que
escapen, si no que acepten que, por más dioses que nos creamos, sucumbimos a
las perlas y el oro.
Aceptemos
que las perlas y el oro son necesarias, porque sin ello, no sabríamos la total
corporalidad, espíritu y aroma que cada uno de nosotros poseemos.
Agradeceros
la dualidad, porque no todos podemos ser sol y luna. Agradecer lo humano que
somos. Nosotros somos paz y guerra y el andar de la locura.
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