martes, 17 de julio de 2012

Virgil (parte 1)


No puedo estar cerca de una mujer. Físicamente, no puedo. Lo más cerca que he estado de una mujer es en el camión… sentados. No sé por qué me pasa. Es algo que no puedo comprender, que mi corazón, mis manos, mi sexo, mis ojos y todo mi cuerpo, no puede comprender por qué no puedo estar cerca de una mujer.  No, no las repudio, ¡al contrario! Las deseo. Ese deseo que nadie entiende. Nadie.
Todos somos animales antes de ser hombres, pero temo que la sociedad donde vivo se ha quedado en el limbo: entre ser animal y humano racional. No puedo ser humano porque no logran comprender ese significado tan puro para mí. Con eso quiero explicar lo siguiente:
-Deseo a todas las mujeres, cada una de ellas, saber de ellas…-
-¿Cómo, coger con todas? Estás enfermo amigo.-
No, no quiero coger con todas, me ofende. Odio que piensen que el sexo es como respirar. Yo admiro y deseo a una mujer por el simple hecho de la vida: esencia. La mujer es esencia natural, no importa como sea, no importa donde viva o donde se desarrolle, la mujer es naturaleza.
Cada centímetro de piel, cada luz en su mirada, cada seno curveado y esponjoso, es lo más sublime que haya visto y sentido. Cada línea delgada que hace de ella una sonrisa, cada arruga pequeña marcada en sus ojos, cada uno de sus dientes, la curvatura de sus dedos, sus uñas mal pintadas, sus caderas anchas y sus glúteos redondos, algunos caídos, no importa son esencia. Cada hebra que compone su cabello, las imperfecciones de su piel, la gordura de algunas mujeres, los muslos tibios, su sexo fuerte y sensual, todo de ellas es perfecto. Es como si el universo creara a una semi diosa, capaz de tener los pies en la tierra y de dar vida y luz a un ser humano. Es una semi diosa. No importa cómo sea ella, es mujer, es esencia.
Una vez conocí a una mujer en un café. Delgadilla de ojos cafés, cabello alborotado, huesuda. Su falda azul obscuro al ras de la rodilla, su suéter de rombos rojos y el fondo azul marino, su mal peinado, esponjado por el viento y humedad y sus zapatos bajos con algo de lodo o porquería callejera, con una gran mochila verde militar, pesada. Tenía como 24 años, pasaba a tomar un café mientras terminaba de llover. Leía algo de matemáticas: El universo matemático, algo así. La miré, le hable. Era una mujer tímida, sus ojos tan pueriles me inspiraron ternura, una ternura inmensa y pura. Sus manos trémulas y huesudas, su dientes castañeantes. Me habló sobre su vida en la Universidad, sus investigaciones, su vida en general. No era una mujer de mundo porque el mundo era cruel con ella. Sus libros, su ciencia y ella, nada más.
No sé si me enamoré, pero su piel medio blanquecina y pigmentada por el sol me atrapó, me enloqueció, no había piel más bella que la de ella. Esas pecas alrededor de su nariz hacia que su mirada fuera más pequeña y pueril, sus ojeras moradas le daban personalidad, su piel pigmentada le daba color. Se lo dije. Se asustó.  Se fue.
No recuerdo su nombre. Laura, Lorena, Luisa… no sé… ¡Leticia! Era Leticia. ¡Ay! Esa doña Lety…
Conocí a otra mujer. De esa sí recuerdo su nombre: Ximena. La conocí en el cine, en el ciclo francés de cine (el ciclo francés de cine es mi temporada preferida del cine. Mi película preferida es Ocho y medio con Federico Fellini). Bueno, salimos de ver precisamente esa película que luego se hizo mi preferida. En el cine ella se sentó, por azar del destino, a lado de mí. ¡Qué aroma! Lo más exquisito que he olido. Fue en esa ocasión mi primer ataque. La necesidad de conocerla, me llevó a la necesidad de hablarle (es por esa razón que puedo hablarle a cualquier mujer, he aprendido a abordar la conversación con una mujer, cualquier tipo). Empecé con cosas sencillas: ¿Le molesta si bajo el brazo de mi asiento?. Después con cosas medias como: Me gustan las películas francesas. Como fue mi segunda mujer desconocida era complicado hablarle. Se soltó la conversación por una simple e insignificante cosa: resbalé como un cerdo cuando salía del cine. No he entendido porqué a las mujeres las cosas más insignificantes son las más magníficas para ellas. Pero el resto de la película, fue estresante: el olor, su cuello, su cabello, su saco rosando mi mano. Era un delirio.
Cuando caí como cerdo, ella me invitó un café. Pedimos café negro, hablamos de la película, la trama, la filosofía de la película… me dijo que era columnista en el periódico semanal más famoso: Decisiones. Era inteligente, crítica, con valor moral. Ilustrísima. Tenía la cabellera abundante y castaña, unos ojos cafés preciosos y penetrantes, una piel morena aperlada, ancha de caderas, con unos glúteos redondos, perfecta. Me enamoré de ella, de ella si me enamoré y creo que mi sexo también se enamoró de ella. Me parece que ella de mí también porque me llevó a su casa, no sé… creo que no, porque ya no me ha llamado, pero yo de ella me enamoré, de eso estoy seguro… o eso me dijeron porque… bueno, no salí de casa cuando no me hablo.
El punto es que… me llevó a su casa; si de por sí yo enloquezco con una mujer, tener sexo con una mujer es como… como si mis manos, mis piernas, mi torso… todo, se fuera a destruir por tan sublime momento. Ella fue una de la mujeres que me enseñaron la sensualidad femenina, la real sensualidad femenina. El describir el momento con palabras me cuesta, lo meditaré por unos instantes.

C.V. 

1 comentario:

  1. Estoy enamorada, no sé si de la historia, del argumento, de los personajes o de todo.
    Magnífico como siempre, Constance. ¡Felicidades!

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