Un loco, de su cama se levantó para ver en primicia los ojos de la
muchacha que conoce hace 5 años. Sólo a eso se levantó y regresó a sus
menesteres.
El ojo con las pestañas acarician la tela de la finiestra y el cabello
soleado le crea una sutil cápsula lineal llena de luz soltando polen pueril.
No tiene más que una trompeta bien aboyada, nada brillante, pero ¡ah!, qué
redondo, jugoso sonido que se derrite en tu boca y entonces es beso, como
morder un melón dulcísimo, como tableta de chocolate.
El vecino da conciertitos de trompeta en su azotea y los pájaros se hacen
clarinetes y flautines. Todos le aplauden desde sus ventanas.
No tiene más que una pinturita ya gastada de la muchacha que pasea por
toda su casa: se la lleva a comer, se baña con ella, se duerme y le cuenta un
cuento, le da conciertitos de trompeta.
En su casa, que la tiene escupida de ropa, periódicos viejos, platos de
comida sin lavar, dos mesas inservibles, un juego de mesa, tiene un radiecito
que figura ser la única conexión hacia el exterior.
No hay noche que no se disponga a dar ese concierto. Toca
reglamentariamente 4 piezas, tan diversas entre sí. Pero la última, la quinta
siempre la toca, tan delicada pieza que la gente que lo escucha, llora por una
ternura tan finísima.
Todas las noches la gente llora, se conmociona en ternura. Nadie puede
expresar sus más profundos sentimientos, sino aquel trompetista diciendo su
amor a aquella muchacha castañita. Notas de besos y carisias, las sonrisas más
sinceras, melodía de finísima ternura.
La noche, las estrellas, el viento frío, las calles vacías, el mismo eco,
los faroles, la luz de los faroles… todos escuchan, todos lloran, todos se
conmueven. El sonido que embriaga de ternura, de amor, de un amor que el mundo
sucio no puede sentir y que envidia.
Y la última nota sublime perpetúa en un beso labios tibios, hasta su
próxima inhalación.
C. Cortanze
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